jueves 11 de marzo de 2010

Cultura popular

Después de un período de sequía crítica y demasiada atención a mi ego y a mi voluble estado de ánimo, con herramientas dignas de un blog actualizado me manifiesto acerca de algo tan nuestro como la tauromaquia. Un supuesto arte (más representativo de nuestra cultura de lo que debiera) y, en un futuro a corto plazo, un Bien de Interés Cultural en esta ciudad que me acoge desde hace ya casi 4 años.

Es evidente, según estas líneas, que no me gustan los toros. Nunca me han gustado, ni me gustan, ni me gustarán. Mis raíces isleñas han hecho que desde siempre haya sido un tema que mirara con asombro. Un asombro casi circense, por eso de ver cosas en la televisión que en tu entorno más cercano ni tan siquiera intuyes. Y es verdad que cuando eres un retoño no eres consciente de lo que todo eso significa, y si sumas un contexto que obvia, o mejor dicho, ignora cualquier vinculación con dicha tradición (gracias) pues el resultado que se obtiene es una mezcla entre repugnancia y el asombro arriba ya citado.

Ahora que he dejado atrás los Alisios y es la ancha Castilla la que me rodea, donde el gusto por los toros se sabe casi sin querer, siento la necesidad de abandonar lo adornos que siempre acompañan a mis palabras para ser igual de cruda que ESTA realidad.
Mi talento para el periodismo es más bien precario, así que transcribiré un fragmento de un magnífico artículo de Ruth Toledano que leí la semana pasada en El País y que sinceramente, y de manera excepcional, es mejor que una buena imagen (la insana costumbre de distanciarnos y olvidarnos, de acostumbrarnos a prácticamente todo).


"(...) los instrumentos con los que se lleva a cabo en la plaza el martirio de un animal herbívoro, es decir, no depredador y cuyo único afán, en consecuencia, es huir del acoso que sufre, de encontrar la salida del coso al que ha sido arrastrado, escapar del pánico que le produce lo que no comprende y regresar al campo del que fue secuestrado. Pero le queda lo peor: puyas que son lanzas que le destrozan músculos en la espalda y en el cuello, que le rompen vasos sanguíneos y nervios, que le abren agujeros por donde luego podrán hundirse las banderillas, que son unos palos terminados en arpones de acero. Todo ello antes de ser atravesado por una espada de 80 centímetros que quiere llegarle al corazón pero que no suele hacerlo a la primera, sino que le atraviesa los pulmones, la pleura, a veces el hígado, y le rompe la arteria aorta, lo que provoca que aquel pacífico herbívoro se encuentre ahora agonizando entre enormes vómitos de sangre, aunque aún aspire con desesperación a sobrevivir a tanto dolor y olvidar ese martirio. Por eso aún intenta mantenerse en pie y encaminarse a la puerta por la que le hicieron entrar, momento en el que lo apuñalan en la nuca con el descabello, otra larga espada que termina en una cuchilla de 10 centímetros. Corpulento y potente, todavía vive, aunque ahora sí cae al suelo, humillado, desgarrado, sanguinolento. Entonces lo rematan con la puntilla, un cuchillo-puñal con el que intentan seccionarle la médula espinal a la altura de las vértebras atlas y axis. No es fácil atinar, por eso el matarife remueve el filo del cuchillo por entre el amasijo de carne, músculos y nervios. El toro ya está paralizado. Morirá por asfixia. Pero, cuando es arrastrado para sacarlo de la arena, sobre la que deja un visible rastro de sangre; después de que, si la faena se considera estética, le hayan cortado orejas y rabo, que su verdugo exhibe a los espectadores; cuando ya no queda en él, sin embargo, rastro alguno de esperanza de huida, con la boca entreabierta y la lengua colgando, mutilado, se le ha visto pestañear. Pestañear. (...)"

  1. Para mí, las corridas de toros son lo más parecido que existe en la actualidad a aquellas luchas en el Coliseo romano donde los ricos disfrutaban al ver cómo las fieras engullían a los esclavos y prisioneros de guerras...

    gravatar Comment by Sisi @ 12 de marzo de 2010 17:04