Italia
Con algo de retraso por exámenes y visitas varias, la crónica italiana llega tarde, pero llega, como yo.
Acostumbradas a la silenciosa y más que tolerante cultura “dutch”, al pisar Italia, el ruido, el caos y la invasión del espacio personal sin ninguna clase de reparo, nos aturdieron quizás en demasía.
Bolonia: El verdadero viaje comenzaba. Después de una primera toma de contacto con el país de la pizza y la pasta en Ferrara, nuestro periplo italiano tenía su punto de partida en Bolonia. Tras descubrir la barrera idiomática que nos rodeaba (acabamos hablando un anglofrancoitaloespañol), de dar vueltas como un trompo en busca de la oficina de turismo (la encontramos cuando ya no nos era útil) y tener de manera involuntaria un chute de adrenalina cada vez que se nos ocurría cruzar una calle, nuestra ruta de iglesias y palacios tomaba forma. En una de estas religiosas actividades, un fiel creyente trató de iluminarnos… Obvio es que no lo consiguió.
Día y medio en Italia y ya habíamos comido pasta, pizza y helado. Llegamos pisando fuerte.
Es una ciudad que cuanto más caminas más te gusta. Es difícil competir por la belleza y la armonía en un país como Italia, su bagaje artístico es tal, que hasta una ciudad como Bolonia, sabe a poco. De calles empedradas y recovecos con encanto, buscamos con ahínco sus “famosos” secretos pero no hallamos más que un coro góspel de dudosa coordinación dando la bienvenida a la Navidad en la ciudad de las luces. Con helado en mano e intentando calentarnos (sé que suena bastante contradictorio, pero funcionaba) vimos como Bolonia brillaba al unísono. Pronto el caos volvería a aparecer, pero eso ya es otra historia.
Venecia: Cita obligada cuando pisas Italia. Ciudad de góndolas y canales, de callejuelas interminables y una superpoblación de turistas a veces incómoda para transitar por sus angostas calles. Debido a lo express de nuestro viaje, nos perdimos lo justo y necesario. Como en Amsterdam, orientarse en Venecia requiere un talento innato del que yo carezco. Menos mal que Rocío sacó a relucir su parte “scout” desconocida y casi sin pestañear y de memorieta, era capaz de llevarnos a aquelsitiotanbaratoyqueteníatanbuenapinta. Supimos esquivar sus excesivos precios (es la ciudad más cara de Italia) y conseguimos (otra vez) comer pizza, pasta, helado y cappuccino en cuestión de horas.
Es innegable que es una ciudad hecha para turistas, de ahí que a mis ojos, su encanto se vea reducido. En vez de neones, encuentras puestos ambulantes donde encuentras de todo para todo, todo ello adornado por pintorescos gondoleros que balbucean, en aproximadamente 5 lenguas diferentes, cantidades para seducir a opulentos turistas cegados por la idílica idea (entre 90-100€). Pero no sería justo si no reconociera que, tanto lo bueno como lo malo, la hacen única.
Un gran reencuentro (gracias Anita!) y una carrera a modo de yincana rumbo a la estación, puso un gracioso final a nuestra visita a la ciudad de los canales.
Florencia: Cuarto y último día. El más gracioso y caótico sin duda. A pesar de empezar a acusar algo de cansancio, esta vez íbamos preparadas para todo. A la cuarta iba la vencida: comida, bebidas, abrigo… todo el avituallamiento necesario que el buen turista debe llevar consigo. Un golpe de suerte minimizó el revés de bajarnos en la estación de Florencia equivocada. 25 euros minuciosamente doblados y unos rayos de sol casi milagrosos presentían que el día en Florencia no podía salir mal. Así fue.
Con un exceso de confianza, ese día omitimos buscar la oficina de turismo que tantos quebraderos de cabeza nos había dado. Decidimos entregarnos a la calle y descubrir a base de casualidad qué nos ofrecía la ciudad. Y así, como si tal cosa te topas con I’l Duomo. Enorme. Magnífico. Una catedral que hace justicia a una ciudad tan bonita. Minutos antes, veníamos extasiadas de ver el David de Miguel Ángel en la Galería de la Academia. Yo, particularmente, tenía una cuenta pendiente debido a mis intensivas clases de Historia del Arte durante el Bachillerato (ahora sólo debo ir a Roma y saldaré la cuenta pendiente con la Leti de 17 años que durante un pequeño lapso de tiempo quiso estudiar Hª del Arte).
Florencia invita a perderse. Eso hicimos. Descubrimos debido a nuestro atrevimiento, una focaccería frecuentada por gente bastante variopinta pero que gozaba de cierta fama entre los habitantes de la ciudad, y una cafetería donde un cappuccino y un trozo de tarta nos hicieron tocar el cielo mientras allá fuera diluviaba.
Después del caos veneciano daba gusto moverse en calles lógicas y con un trazado intuitivo. Disfrutamos de cada rincón: Puente Vecchio, Palacio Pitti,…
Terminamos nuestro viaje con algo de prisa y un trozo de pizza para el camino en un tren nocturno que era lo más parecido al Orient Express que he visto en mi corta existencia. El otro viaje comenzaba. La vuelta prometía ser agotadora e interminable, pero ya se sabe que en buena compañía las cosas malas, no lo son tanto.
Gracias por poner este broche de oro a unos meses inolvidables. Siempre nos quedará la versión no-oficial del viaje donde toallas microscópicas, camareros con la autoestima por las nubes y cafés que varían de precio más que el Ibex 35 son los protagonistas. Chapó.


¡qué bien escribes jodia ! :P ¡ y qué bien te lo pasas!, jejeje
Fdo: tu fan incondicional
Qué bonita que es Italia...
dirty saludos¡¡¡¡
Cálmate mujer de primer mundo en la q el caos te resulta poco familiar...
Descubrí por qué había pospuesto el momento de leer esta entrada... solamente me iba a dar más coraje no haberme embarcado con ustedes en el emocionante viaje por las calles provocadoras de adrenalina... entre tal incivilidad me hubiera sentido como en casa
Pero es bueno saber que para el próximo viaje debo de traerme a Rocío... evitaría bastantes traspapelaciones de mi persona hacia lugares indeseados